martes, septiembre 26, 2006

CENA

La idea era recomponer las relaciones. Le dije que lo intentáramos, que pensáramos en nuestro hijo Daniel. Ella llegó puntual a mi departamento. La agasajé con una cena especial y, para que la velada fuera como las de aquellas de los tiempos de nuestro pololeo y de los primeros años de matrimonio, adorné la mesa con velas rojas y un pequeño ramo de rosas del mismo color. Todo iba bien hasta que, de pronto, salió el tema de la plata y, sin saber cómo, nos envolvimos en una discusión que terminó con un portazo que me dejó hablando solo. Me senté en una de las sillas y miré cómo el tenedor, sin marcas de comida, observaba los restos del Merlot esparcidos por el parquet y la mancha que había quedado cerca de la puerta de entrada.



lunes, agosto 28, 2006

CUMAS Y CUICOS

Es curioso. Si se cambian un par de letras de ambas palabras, varía totalmente su sentido. Cuicos y cumas, cumas y cuicos. Ambas empiezan con la misma sílaba, pero el resto de la palabra le da el significado definitivo a este par de razas que cohabitan y coexisten en Chile desde tiempos remotos. Antes tenían otros nombres pero, en su esencia, son lo mismo.

Santiago tiene cinco millones de habitantes y, quizás en términos proporcionales, se podría decir que dentro de esa población existen otras dos: la de los cumas y la de los cuicos. Además de compartir el escenario urbano, interactúan las 24 horas del día y los 365 días del año.

Sí, porque mientras el cuico deja su descapotable estacionado cómodamente en la calle para disfrutar de la noche, no falta el cuma obrero, ese que tiene los horarios de trabajo más extraños que podría pensarse, que se ofrece con algo de necesidad y con algo folclor a cuidar el ostentoso vehículo que ornamenta las calles de la zona oriente de Santiago. Porque para el cuma, el cuico es el platudo, el de la billetera gorda, mientras que para el cuico el cuma es el roto que le cuida el auto.

Así, el cuma se “gana las monedas” para comprarse “un pucho” de bajo precio que, además de saciar la ansia del tabaco que requiere su tráquea, le permite acompañar la noche. Ese es su sueldo, el mismo que al otro día le permite tener “una chela, una pilsen o una malta” adquirida en el negocio de la esquina y compartirla con su pandilla apoyado en el poste del alumbrado público del que aún cuelga un afiche de la campaña presidencial, el mismo que fue olvidado por los candidatos porque desconocen la existencia de esa población o porque a los brigadistas les dio flojera llegar hasta tan apartada zona de Santiago.

Son esas mismas “monedas” las que le permiten al cuma cortejar a la hija de la vecina que aún viste de azul y blanco, la misma a la que la invita a comerse un helado de 100 pesos para luego proponerle una caminata hasta el poste de la otra esquina que, por esas cosas del destino o por el aburrimiento de algunas personas, no tiene luz y proporciona oscuridad a un amplio radio de la calle. Ahí aprovecha de “hacerle cariñitos” porque quiere “tirarse a la mina” y le desea mostrar toda la fauna de aves existente (gallinas, patos, pavos, etc).

Eso mientras el cuico, que entró solo al local y salió acompañado de dos portentosas mujeres que poco y nada dejan a la imaginación con sus escotadas ropas, vuelve a su descapotable, les abre las puertas a sus compañeras y le lanza un billete morado al cuma, agradeciéndole el trabajo y deseándole “buena suerte negro”.

Ese cuico que, camino al mirador, les ofrece un cigarrillo exportado y se los enciende con un zippo dorado que tiene incrustado su nombre. El mismo que, al interior del boliche, bebió vodka, whisky esocés y un pisco sour que fue cortesía de la casa, por lo que debió aceptarlo. El mismo que regala ramos de rosas, anillos y un sinfín de productos onerosos.

Mientras el cuma, cansado por la intensa jornada laboral, saca de un lugar secreto un colchón y lo instala cerca de la muralla de un interminable edificio para comenzar a dormir. Se acomoda fácilmente como si estuviera en un cinco estrellas, y se arropa con un par de diarios dejando la Bomba 4 en un sospechoso sector de su cuerpo.

Ese mismo cuma que, cerca de las siete de la mañana, debe despertarse y despejar el lugar porque el cuico, el mismo al que le cuidó el descapotable, está pronto a llegar a su oficina de trabajo y necesita ese espacio para estacionarse.

COMPAÑEROS DE COLEGIO

Qué chico es el mundo. Caminé unos cuantos centímetros en mi oficina y me encontré con la sorpresa de que en la sección deportiva trabaja un ex compañero de colegio. Y, ayudado por su memoria, se me vinieron a la mente todos aquellos que compartieron conmigo las aulas del añoso recinto donde hice mi básica y media. No diré el nombre para evitar molestia de los docentes, pero sí mencionaré que aún se erige incólume en la Alameda, entre calles Almirate Latorre y Carrera.

Como todo el mundo, tuve compañeros que, de una forma u otra y aunque ellos no lo quieran, serán recordados por sus apodos. En mi caso, hubo tres tipos de sobrenombres.

1. los animales: no hay que hacer muchos análisis para hablar de ellos. Son los representantes de la fauna y que, como si la sala fuera un zoológico, se reunieron ahí por diez meses durante doce años. Estaban el ratón Fraile, apodado así por sus prominentes dientes delanteros (popularmente conocidos como paletas) y sus llamativas orejas; el perro Vera, nunca supe el por qué de su seudónimo, pero al hermano le decían así y él, por herencia, fue bautizado de esa forma; el zancudo Matte, ¿qué será de él?; el chita Saldivia, vendedor de los zapatos que fabricaba la empresa de su padre; el mono Bustos, la última vez que lo vi fue para el primer recital de U2 en Chile; el chancho González, bautizado así por la forma de su nariz y cuando se le llamaba de esa forma se sulfuraba inesperadamente; o el pato Figueroa, tan sólo un diminutivo de su nombre Patricio y con quien comparto conversaciones por MSN (hola, cómo estás, bien, con trabajo, ok) y el toro Toro, toro por su apellido.

2. los personajes ficticios: ufanándose de nuestra cultura televisiva (en esos años Internet con suerte existía en la mente de computines norteamericanos y japoneses) llevábamos a la sala rostros de la pantalla. Gracias a ello, quedaron grabados durante los años de pantalones grises y camisas blancas el Capitán Futuro Álvarez, yo pensaba que era por lo cabezón pero al ver en Boomerang (canal 11 en el cable) esa serie animada me di cuenta que era por su parecido; el Magoo Gamboa, joven de escasa vista que era ayudado por sus lentes y que, quizás por dolor por el seudónimo o por algo de vanidad, los reemplazó en tercero medio por unos de contacto; Scooby Doo Valenzuela, de quien no entraré en más detalles por ser mi compañero de trabajo; Diógenes Muñoz, engominado como Francisco Melo en Sucupira; Pedro Picapiedra Arriagada, quien juraba que sus puntos negros eran lunares; Eloy Ortiz, porque alguien recordó la figura de un futbolista peruano que vistió la camiseta de Iquique y de nombre Eloy Ortiz, aunque el beneficiado con el seudónimo recién vino a saber el origen de su apodo en cuarto medio; o el Robocop Toro, sí el mismo Toro de la otra sección pero que fue rebautizado por la caparazón que el doctor le puso para enderezar su espalda.

3. las víctimas del racismo y de las malformaciones corporales: aquí cabe la mayoría de mis compañeros... y yo también. El habitual negro, representado en Torres, Vera (Murúa en este caso), Castillo, Sepúlveda y otros que no me acuerdo (son doce años de colegio, memoria de elefante no tengo); el chico Cabello y Rojas; el que nunca falta, el cabezón Rojas, (sacó doblete en esta categoría); el chino Wu, el mismo que comenzó a afeitarse en tercero medio cuando todos ya habíamos acabado varias tiras de Prestobarbas; el peruano Pissani, peruano porque es, demostrado con papeles de inmigración, peruano; el cara de teta, debido a su lunar insertado en el pómulo derecho y que, con el correr de los meses y para ahorrar saliva, se hizo conocido simplemente como el teta; el huaso Riquelme, porque es oriundo de Chillán y la primera pregunta que debió enfrentar fue si era pariente de Bernardo O’Higgins; y el narigón, Calamar y cualquier derivado de la grandeza nasal Meza.

Si alguno de los aludidos quiere hacer sus descargos o simplemente intercambiar opiniones, escriban a mmezaf@hotmail.com. Ahora, yo veré si respondo o no.

lunes, junio 19, 2006

RECUERDOS

Recuerdo claramente el olor que tomaba su cara después de aplicar las antiguas máquinas de afeitar. Nada de after shave ni espuma especial. Sólo abundante jabón alimentado con agua y que tomaba vida gracias a un hisopo. Recuerdo el olor que tomaba el baño cuando, con sus enormes pulmones, echaba a volar los globos transparentes creados por el jabón.

Recuerdo claramente el olor de sus manos cuando jugábamos fútbol con una dura pelota de goma. Él se ponía al arco y yo, inocente niño de ocho años, lo hacía volar de palo a palo como si fuera un eterno joven.

Recuerdo claramente cuando volvía del trabajo. Olor a grasa, olor a plata, olor a tercera velocidad, olor a beso en la frente. En los veranos, olor a transpiración disimulada con espasmos de agua lanzados con su mano. En el invierno, olor a humedad combinado con el cansancio que no impedía una jornada de diversión y acompañamiento en la cena.

Recuerdo claramente el olor a playa, a arena, a mar y a Quintero. Recuerdo claramente el olor del barquillo y del cuchuflí veraniego saliendo de sus manos.

Recuerdo claramente el olor de la manilla del taca-taca intentando evitar algún gol mío, y esa paternal carcajada que daba a entender la diversión que disfrutábamos.

Pero ahora esos recuerdos son reemplazados por claveles, gladiolos, azucenas y el olor a silencio, tranquilidad e intimidad que da una sepultura.

lunes, marzo 06, 2006

PIRATA

Me dijeron pirata. Así de simple. Y todo porque me vieron bajando discos desde una página de Internet rusa. Hay que aprovechar. Es que, de verdad, ya me provoca urticaria el cotizar música en las tiendas santiaguinas. Me da alergia visual el pasar por las vitrinas de disquerías, ya sean especializadas o no, y ver los precios.

$8.990, $9.990, $10.990. Por esas cifras se mueven los valores en la actualidad. Y uno, consumidor fanático de música, tiene que buscar algo que ayude a amainar el dolor del bolsillo. Sí, es verdad. En mi vida universitaria juntaba todas las chauchas disponibles para lograr hacer una mini-fortuna y destinarla al consumo de discos. Y lo que reunía lo hacía rendir, ya sea aprovechando algunas ofertas, buscando el mejor precio, obviando la boleta, o simplemente pidiéndole una atención al dependiente de turno.

En vista que las obligaciones (pago de deudas y otros) comenzaron a aumentar, opté por recorrer los atestados galpones del Persa Bío Bío. Al mejor postor, encontré varias novedades musicales. Así estuve por varios meses, quizás años. Pero llegó un momento en que las necesidades subieron ayudadas por esas obligaciones que uno, cada vez que madura, debe adoptar.

Así no me quedó otra que tomar el parche y vestirme de pirata. Ayudado por la tecnología, me hice amigo del download, del save as y del copy all. Mi dedo corazón –así me dijeron que se llama el usado para insultar con la mano- se acercó cada vez más al botón derecho del mouse.

Desde ahora en adelante quedó atrás el afán de buscar lo último en materia musical colgado en una vitrina, de escuchar lo que otros no tienen idea que existe. Ahora mi norte está puesto en Internet, esa red mundial que ha sido el gran aporte humano al planeta.

Es lo mismo que comprar un disco original. Sale más barato porque se compran grandes cantidades de CDs vírgenes y se abaratan costos. Claro, alguien me preguntará por el librito que acompaña a cada disco original y que, en la mayoría de los casos, incluye las letras de las canciones. Pero yo respondo inmediatamente: Internet es tan grande que se puede encontrar hasta el estornudo que hizo el vocalista de determinada banda cuando grabó el primer tema del álbum.

Me dijeron pirata. Y ahora que lo pienso bien, me sienta cómodo ser pirata. No me tardo mucho en encontrar los temas porque el sitio ruso –pareciera que fue la herencia del muro bolchevique- no respeta ni derechos de autor, ni impuestos ni nada. Está todo y yo, tal como aquel añoso aviso de televisión, ni me muevo de mi escritorio para encontrar nuevas joyas musicales.

viernes, enero 20, 2006

BOLSILLOS SIN PLATA

El anuncio de visita de U2 me remeció hasta más arriba de la coronilla. Fue un mazazo a la alegría sólo superado con la confirmación del arribo de esta ya milenaria banda irlandesa. Tuve la suerte de verlos en su primer asomo por tierras criollas, ese mismo día donde el fútbol chileno se llenó de gala al ganar por primera vez en el ya inerte estadio de Wembley a la selección inglesa.

Por eso, la fecha y el lugar del segundo concierto de Bono y compañía no hizo más que llenar de dicha mi alma de amante musical. Así como recordaba los acordes de la guitarra de The Edge envolviendo el Estadio Nacional, rememoraba el costo del ticket para aquel evento registrado en 1998 y que, por esas cosas motivadas por el señor corsario del parche en el ojo y alimentadas por la tecnología imperante en el siglo XXI, también se cobijó en mi cómoda de discos. Ahí figura, rodeado de otras joyas de la música mundial, el recital emitido por los cuatro irlandeses en el principal coloso deportivo de Chile. Ahí también está plasmada mi voz, elemento que quedará por siempre registrado en tamaña obra.

15 mil pesos. Ese fue el valor de la entrada a cancha. Ahí estuve yo, y ahí quería volver a estar para ser testigo clave del segundo arribo de U2 a Chile. Pero no, el efecto comercial que han tomado estos eventos además del verdadero asalto a mano armada del que fueron víctimas los fanáticos, impidió la concreción de mi sueño.

No le echo la culpa a mi dentista. De hecho, había decidido correr el riesgo de no asistir a la sesión del mes de febrero, fecha en que me instalarían una nueva corrida de frenillos, con el fin de destinar ese dinero para la compra del ticket. Pero no, los cerca de 35 mil pesos de la entrada a cancha (35 mil por todos los reajustes que sufrió el valor y de los cuales faltó poco para que cobraran por el aire que uno iba a consumir el día del recital), fueron mi piedra de tope.

Se me vino el mundo abajo. Así como cuando los fanáticos de Universidad de Chile han visto cómo sus ídolos deportivos se cambian al archirival y, al día siguiente, se ponen la blanca de Colo Colo como quien se cambia de slips, así me sentí yo. Un desgarro al corazón, un golpe bajo emitido por el pesado puño del vil dinero.

Sólo me restaba saciar mi ansiedad por televisión, ya sea viendo el recital en directo o rescatando algún DVD original o pirata que rememorara la presentación de la banda. Claro, no era lo mismo pero, por último, apagaba la luz de mi pieza, ponía el volumen del TV a todo lo que da y simulaba estar en la cancha del Nacional cantando con Bono y sus compañeros de banda.

No importa. Ya vendrán otras opciones. No creo que será la última venida a Chile de los irlandeses. Supongo que, cuando decidan retirarse a los cuarteles de invierno, harán una gira de despedida y en ese tour incluirán a Chile. Según ellos, el país es importante y están agradecidos de la fanaticada. Me queda ese consuelo porque mis bolsillos están sin plata.

viernes, diciembre 02, 2005

ÍDOLO

Siempre tuve posters de él. Empapelaba la pieza con su cara. Había algunos con foto tipo carnet, otros de cuerpo entero. Algunos en plena acción, dominando la pelota como quien se cambia de ropa. Para él era una práctica habitual. Era fácil correr con la bola pegada al pie, hacer amagues cósmicos o brindar estelas futbolísticas que hacían delirar hasta al cemento del estadio.

La barra brava lo idolatraba. Yo era uno de ellos. Recuerdo que decidimos juntar dinero para hacer un lienzo con su rostro. Un homenaje por las alegrías dadas y una muestra palpable de que ya se había instalado en el corazón del club. Yo hice la colecta, yo fui a comprar el género y las pinturas. Yo mismo lo dibuje y era yo el que cargaba con la responsabilidad de llevarlo a todos los estadios.

Cuando no estaba en la cancha, el lienzo ornamentaba mi pieza. Era un elemento más de una habitación que se había transformado en un museo en homenaje a esa figura. Nadie entraba a mi pieza sin mi permiso, incluso estaba prohibido hacer el aseo sin mi presencia.

Los cajones de la ropa estaban resguardados con candados. Sólo había una copia de la llave. Era la que manejaba yo. La otra que venía en la caja donde estaban embalado el candado la quemé. Es que ahí, en esas cajoneras donde mis prendas íntimas se mezclaban con pantalones y poleras, guardaba una camiseta de él. Me la regaló a la salida de un entrenamiento.

Era la original, con el 7 en la espala y su apellido incrustado entre el sponsor y el número. Estaba autografiada. Le tenía tanto amor que ni siquiera me la ponía para ir al estadio. Se me había ocurrido enmarcarla, pero preferí no hacerlo porque iba a perder la posibilidad de sentir el olor que emanaba de ella.

Pero llegó el fatídico día. Yo me envolví en una ráfaga que combinaba el odio, la rabia y la pena. Opté por arrancar todos los afiches y acumularlos en un tarro de basura metálico junto con las camisetas del club. Lo rocié con parafina y le prendí fuego. Vi cómo ardían esas cosas que para mí se transformaron en mis amantes. Seguía sintiendo rabia. Pero al ver cómo la fumarola tomaba dirección al cielo, mi cuerpo se llenó de coraje.

No bastaba sólo con incinerar los recuerdos. Faltaba algo más.

Ahora estoy rodeado de cuatro paredes. Encerrado, sin más compañía que un haz de luz que se asoma de tarde en tarde y el sonido desgastador de la gotera del baño. Escribo en la pared su nombre. Lo tacho. Lo vuelvo a escribir y lo vuelvo a tachar.

Escucho pasos. Provienen del pasillo. Es un gendarme que, con luma en mano, golpea la puerta de mi celda para despertarme. Hace días que no duermo, desde que firmó por el archirival y yo le recordé que una traición de ese tipo no se hace.

martes, noviembre 08, 2005

HISTORIAS DE ESCRITORIO II

Con la gerencia general decidimos que era bueno hacer un paseo de la empresa. La idea era escapar de la rutina que nos tiene en la oficina por doce meses. Un día no nos iba a provocar un desembolso fatal a la hora del balance. Quizás podríamos tener alguna pérdida, pero de que íbamos a ganar algo, eso lo teníamos claro.

Como nuestra cabeza gira en torno a números y ecuaciones, decidimos echar a votación el lugar de ocio. Nos juntamos todos en la oficina de reuniones. Los siete entramos como pudimos ahí, porque esa sala la uso yo solamente. Y lo hago cuando tengo una visita importante, algo que no se da desde hace dos años, cuando mi papá, que es el gerente general, invitó a Bill Gates a ver la posibilidad de hacer una alianza.

Ya todos adentro, informé sobre la idea. Parece que estaban todos ahogados porque se pusieron de acuerdo para hablar al mismo tiempo. Mientras las mujeres querían ir a la playa y arrendar cabañas por el fin de semana, los hombres añoraban un asado y una pelota de fútbol. "Somos cuatro", me apresuré en decir como preguntando de dónde sacamos al equipo rival. Pero alguien me dijo que eso no importaba porque "jugamos dos contra dos". Como si tuviera los pulmones de Carl Lewis.

Como jefe, decidí que cada uno me diera el lugar donde quería pasar el día de descanso. Pedí fundamentos. La Nacha, la secretaria, la chica de los tres hijos, optó por un paseo a Cartagena. Dijo conocer muy buenas picadas ahí. "Por último, acampamos en la playa grande", dijo.

Cuando salieron esas palabras de su boca, sentí que tras mi espalda afloraba una repentina tos. Era el Simón el que respondió de manera alérgica a dicha propuesta. Tras ello, el rechazo fue general, así que opté por escuchar a la Fabiana.

Ella, fiel a sus principios de ahorro, me recomendó ir a alguna casa con piscina y quincho para asados. “Así nos ahorramos los pasajes porque podemos viajar el algún auto”. Moví la cabeza y cerré los ojos. No puede ser que el cocodrilo lo tenga siempre presente, pensé. Molesto, le dije que no pensara en eso, que lo paga la empresa. "No sé dónde podemos ir entonces", me respondió.

La Hernanda iluminó mi cabeza. Aquí sí que hay una buena idea, me dije. Con su desplante habitual y su pinta europea, ella realizó un análisis de cada una de las personalidades de los integrantes de la oficina. "Somos todos distintos, así que va a resultar difícil encontrar un punto de reunión que nos satisfaga a todos", dijo. ¿Tan difícil es que todos salgamos a alguna parte?

OK. El turno de los hombres. Nuestro almanaque, Arnaldo, se excusó de poder sumarse al viaje. Dijo tener problemas de salud. No los había reconocido. No tenía idea que tenía un empleado enfermo. Crisis sicológica aseguró padecer. Mejor escucho al siguiente.

El Pepe, el junior de la oficina, tuvo una idea original. Más que salir de viaje, propuso que el día viernes hiciéramos una fiesta de disfraces en la oficina. Que llevemos bebidas y cosas para comer. Todo el día disfrazados y con absoluta confianza. Todos conversando con todos y de todo. Y de paso, que invitemos a otras áreas de la empresa. Una especie de día feriado de toda la empresa. Suena entretenido, pero la Nacha insistió con su paseo a Cartagena y como se pusieron a discutir entre ellos, preferí escuchar al Simón.

Está claro que mi empleado indeterminado no quería ir a la playa. Por lo menos había rechazado la idea de ir a Cartagena. Pero cuando empezó a hablar, me di cuenta que tampoco quería estar en la arena. No quería nada con la costa. ¿Habrá tenido algún drama veraniego?, ¿no le habrá gustado alguna escalopa?.

Simón comentó que lo mejor era ir al exterior. Que todos viajemos. Dio posibilidades de hacerlo. "Tenemos alianza con Lan Chile, así que los pasajes los podemos conseguir gratis. Y por hoteles, podemos llamar y pedir una especie de franquicia publicitaria en Chile. Así les decimos que queremos conocer su espacio para después promocionarlo acá". Sonaba bien. Tiene cabeza este hombre. Estaba pensando eso cuando, de súbito, escuché España. "Sí, viajemos a España. Ya he contactado algunos hoteles y están dispuestos a hacer lo que les propuse", decía Simón mientras el resto reclamaba porque no podían dejar solos a sus hijos, a sus madres, que les daba miedo volar, que no tenían pasaporte, que aquí, que allá y que esto y que lo otro.

Mientras veía como las manos hacían el gesto de rechazo y escuchaba unas discusiones cruzadas, les di a conocer mi idea: "El viernes no viene a trabajar nadie. Tenemos el día libre. El que quiera ir a la playa, que vaya; el que quiera ir a otro país, que vaya. El jueves tendrán un sobre con un dinero para que lo aprovechen ese viernes".

Me levanté, abrí la puerta y salí. No escuché ni una palabra más. Me senté en mi escritorio y grité un café.

* Para interiorizarse más de los personajes, revisar Historias de escritorio en este mismo blog.