Qué chico es el mundo. Caminé unos cuantos centímetros en mi oficina y me encontré con la sorpresa de que en la sección deportiva trabaja un ex compañero de colegio. Y, ayudado por su memoria, se me vinieron a la mente todos aquellos que compartieron conmigo las aulas del añoso recinto donde hice mi básica y media. No diré el nombre para evitar molestia de los docentes, pero sí mencionaré que aún se erige incólume en la Alameda, entre calles Almirate Latorre y Carrera.
Como todo el mundo, tuve compañeros que, de una forma u otra y aunque ellos no lo quieran, serán recordados por sus apodos. En mi caso, hubo tres tipos de sobrenombres.
1. los
animales: no hay que hacer muchos análisis para hablar de ellos. Son los representantes de la fauna y que, como si la sala fuera un zoológico, se reunieron ahí por diez meses durante doce años. Estaban el
ratón Fraile, apodado así por sus prominentes dientes delanteros (popularmente conocidos como paletas) y sus llamativas orejas; el
perro Vera, nunca supe el por qué de su seudónimo, pero al hermano le decían así y él, por herencia, fue bautizado de esa forma; el
zancudo Matte, ¿qué será de él?; el
chita Saldivia, vendedor de los zapatos que fabricaba la empresa de su padre; el
mono Bustos, la última vez que lo vi fue para el primer recital de U2 en Chile; el
chancho González, bautizado así por la forma de su nariz y cuando se le llamaba de esa forma se sulfuraba inesperadamente; o el
pato Figueroa, tan sólo un diminutivo de su nombre Patricio y con quien comparto conversaciones por MSN (hola, cómo estás, bien, con trabajo, ok) y el
toro Toro, toro por su apellido.
2. los
personajes ficticios: ufanándose de nuestra cultura televisiva (en esos años Internet con suerte existía en la mente de computines norteamericanos y japoneses) llevábamos a la sala rostros de la pantalla. Gracias a ello, quedaron grabados durante los años de pantalones grises y camisas blancas el
Capitán Futuro Álvarez, yo pensaba que era por lo cabezón pero al ver en Boomerang (canal 11 en el cable) esa serie animada me di cuenta que era por su parecido; el
Magoo Gamboa, joven de escasa vista que era ayudado por sus lentes y que, quizás por dolor por el seudónimo o por algo de vanidad, los reemplazó en tercero medio por unos de contacto;
Scooby Doo Valenzuela, de quien no entraré en más detalles por ser mi compañero de trabajo;
Diógenes Muñoz, engominado como Francisco Melo en Sucupira;
Pedro Picapiedra Arriagada, quien juraba que sus puntos negros eran lunares;
Eloy Ortiz, porque alguien recordó la figura de un futbolista peruano que vistió la camiseta de Iquique y de nombre Eloy Ortiz, aunque el beneficiado con el seudónimo recién vino a saber el origen de su apodo en cuarto medio; o el
Robocop Toro, sí el mismo Toro de la otra sección pero que fue rebautizado por la caparazón que el doctor le puso para enderezar su espalda.
3. las
víctimas del racismo y de las malformaciones corporales: aquí cabe la mayoría de mis compañeros... y yo también. El habitual
negro, representado en Torres, Vera (Murúa en este caso), Castillo, Sepúlveda y otros que no me acuerdo (son doce años de colegio, memoria de elefante no tengo); el
chico Cabello y Rojas; el que nunca falta, el
cabezón Rojas, (sacó doblete en esta categoría); el
chino Wu, el mismo que comenzó a afeitarse en tercero medio cuando todos ya habíamos acabado varias tiras de Prestobarbas; el
peruano Pissani, peruano porque es, demostrado con papeles de inmigración, peruano; el
cara de teta, debido a su lunar insertado en el pómulo derecho y que, con el correr de los meses y para ahorrar saliva, se hizo conocido simplemente como el
teta; el
huaso Riquelme, porque es oriundo de Chillán y la primera pregunta que debió enfrentar fue si era pariente de Bernardo O’Higgins; y el
narigón,
Calamar y cualquier derivado de la grandeza nasal Meza.
Si alguno de los aludidos quiere hacer sus descargos o simplemente intercambiar opiniones, escriban a mmezaf@hotmail.com. Ahora, yo veré si respondo o no.